Créé le: 24.09.2023
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Frigana

Animal, Espagnol, Fantastique, Nouvelle

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© 2023-2024 Hervé Mosquit

Chapitre 1

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Traduction (mais pas littérale) de mon histoire "Adalbert Tricoptus" qui m'a valu le 1er prix Webstory 2018.
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FRIGANA …

Version française

 

Bonito nombre el de frigana. Es menos agresivo que el de camarada,  más romántico que coloquio, menos sumiso que subordinado, más pulido que joder, más laico que tabernáculo, menos peligroso que yihad, más melodioso que Guadalajara, más sencillo que epistemologia y más corto que anticonstitucionalmente.

Frigana es pues mi nombre y siento un indescriptible orgullo. Y si añadimos que pertenece al orden de los tricópteros, suena tan bien casi como los de caballeros de la bota de vino, o de la Orden de Malta, la legión de honor y todas estas hermandades autocongratulantes que los humanos inventaron para halagar su ego.

 

Pero no tuve siempre, ni mucho menos, el privilegio de pertenecer al mundo de los insectos. Figurerese que hace poco, me llamaba Adalbert, era además mamífero de la especie humana y apasionado pescador de caña.

 

Era un dia gris. Un cielo plomizo lloraba gruesas gotas. Esta pena celeste me inspiraba deprimentes e inconsolables reflexiones filosóficas que no lograban frenar mis movimientos de costado y llenos de rabia que imprimia a mi caña de pesca. Este frenesí resultó inopérante para acabar con mis pensamientos depresivos y me senté en las piedras. Mientras vaciaba una estupenda botella de vino tinto, observé una frigana. Su cabeza salía de su vaina entre las piedras mientras sus patas se apresuraban por detrás. La pequeña larva se abria camino en el charco lindante a donde yo estaba. Pensé que estas criaturas no tenian nuestras preocupaciones y la envidia de ser uno de ellas occupó el tiempo de un instante mis pensamientos.

 

En un santiamén me encontré en la piel de una frigana. No sé si fué un favor del Gran Arquitecto, del Gran Espiritu, de Dios o de alguna otra divinidad, pero el hecho es que me converti en un tricóptero llamado frigana.

 

En el pasado, en mi existencia de ser humano, la vida me había tratado bastante bien a pesar de un incurable complejo debido a mi nombre: a menudo me habia preguntado por qué mis padres habian sacado de los subsuelos de nuestra genealogia este nombre que me parecía seguir siendo obsoleto y anticuado para siempre.

 

Me gustaba mi trabajo de contable en una fábrica de minas antipersonales. Tenía mi pequeño trabajo, mi pequeño coche, mi vivienda, mi televisor, mi sofá, mi movíl y todos los atributos del hombre moderno. Añadamos el hecho de tener pocos amigos, cervezas que compartir y sobre todo, la pesca todos los sábado autorizados. Me mantenía al corriente de todo pero intentaba vivir de manera tranquila e indiferente a las convulsiones del mundo. Quería vivir lejos de la miseria, de los asesinos, de los dictadores, de la politica pero también lejos de lo que fuese caridad, solidaridad y de la mayoria de la gente, salvo de algunos de mis semejantes, paletos superficiales que, en mi opinion de egoista tranquilo, me parecían simpáticos.

 

Por entonces, la communidad internacional decretó la prohibición de las minas antipersonales y aconsejó matar a la gente con medios mas limpios. La consecuencia fué el cierre de mi fabriqua lo que me llevó al paro. Al cabo de unos meses de holgazanería impuesta, encontré un nuevo trabajo en una explotación porcina: facturaba los jamones a los supermercados. Ocupaba mis fines de semana pescando en la orilla de un rio vecino. Era en ese contexto, como ya expliqué, que me descubrí en la piel de un tricóptero.

 

Para mi sorpresa, me adapté rápidamente a mi nueva vida de insecto. Enseñé a mis amigos insectos la manera de evitar las truchas voraces y las manos de los pescadores que querían conviertirme en un elemento déterminante de su cadena alimentaria. Los pescadores procedian así: agarraban sin guantes las larvas de frigana y las empalaban en un anzuelo con el fin de utilizarlas como cebos para capturar a nuestro principal depredador: la trucha, que tanto gusta a  los humanos por su carne tierna y sabrosa.

 

Varias veces tuve ocasión de explicar a mis amigos tricópteros las costumbres raras de los humanos . Entre mis amigas larvas algunas mostraban un asombro asustado, mientras que otras se reían a carcajadas hasta casi hacer caer las piedras y las ramitas que nos sirven de ropa y de vivienda hasta la muda, la libertad del vuelo en solitario o en escuadrilla y la voluptuosidad final del acoplamiento.

 

Hablándoles así, me extrañaba de la agudeza de mi visión y del sentido critico del que daba prueba y que, cosa extraña, lo reconozco, me era desconocido antes de mi metamorfosis.

 

Les conté la costumbre detestable que tienen los humanos de entrematarse, no para comerse como es el caso en el resto del reino animal, sino por razones oscuras que se llaman creencias religiosas, ideologias y sobre todo por dinero y poder. Les expliqué también la imaginación sin limite, la voluntad feroz y la ingeniosidad de la que daban prueba los hombres para domesticar la naturaleza para su provecho y para sobrevivir, pero también la incapacidad de buena parte de ellos de ver que la estaban saqueando, hipotecando así el futuro de sus hijos.

 

Hablando de hijos, les conté la costumbre de los humanos de tener un solo cónyugue. Añadí que a menudo esta regla de monogamia la olvidaban. Precisé que podían, casi como todos los animales, pelearse hasta matar para conquistar o conservar su compañera o compañero. Los machos frigana que, como los hombres, tienden a pensar más con sus huevos que con su cerebro, escuchaban atentos y con interés eso de que los acoplamentos humanos se producian con mucha más frecuencia que lo necesario para procrear.

 

Evoqué también las armas, las centrales nucleares, la contaminación atmosférica, el calentamiento climático, el origen de la basura que tanta gente dejaba sobre las orillas de nuestro rio. Mis pequeños amigos se alegraban de saber que algunos humanos preconizaban un respeto de la naturaleza, sin casi echar nada fuera, clasificando la basura e intentando reemplazar la energias fósiles por lo que nos ofrece el sol, el viento y el agua, transformándolo en electricidad o en carburantes, como el hidrógeno que es mas limpio que todo lo que deriva del petróleo.

 

Las tricópteros se mostraban perplejos ante la paradoja declarada por algunos de esos bipedos vestidos que prefieren apostar por lo nuclear o el carbón antes de tener que oír el ruido de un molino de viento o esconder sus tejas bajo un panel solar. Les conmovió mucho saber que a veces los hombres daban más importancia a sus perros y a sus gatitos que a sus propios hermanos humanos hambrientos, oprimidos o masacrados en guerras interminables.

 

Los tricópteros sabían que en el mundo hay presas y depredadores. Es ley de vida y de muerte. Es lo que se denomina la cadena alimentaria, necessaria para el equilibrio ecológico, pero no se debe, al contrario de lo que pasa en la especie humana, matar sin buena razón, sin cálculo perverso o malvado.

 

Los tricópteros se alimentan de residuos vegetales. Así mis compañeros simpatizan mucho con los humanos vegetarianos, incluso con los « veganas ». Sin embargo no entienden que estos puedan juzgar negativamente a sus semejantes carnívoros ni tampoco que estos hagan lo mismo con los vegetarianos. Los insectos comen lo que necessitan y ninguno imagina un instante que pueda acusar a los otros por compartamientos inscritos en sus genes. Pronunciar anatemas es un deporte que pertenece en exclusiva a la especie humana.

 

Pasábamos buenos momentos en el lecho del arroyo charlando, filosofando, comiendo, picoteando. No obstante, los tricópteros son muy exigentes en cuanto a la calidad del medio acuático. Los cientificos utilizan su presencia o su ausencia en un rio para medir la contamición del agua ( lo hacen tambien con otros invertebrados ),

 

Desde hace algún tiempo, la calidad del agua deja mucho que desear : las algas proliferan, la opacidad del agua aumenta, el oxígeno disminuye. Mi tribu de tricópteros organizó una junta general con el fin de examinar como hacer frente a esta situación que amenazaba nuestra superviviencia en este lugar. Decidimos emigrar. Los humanos hacen lo mismo cuando sus condiciones de vida están amenazadas.

 

Expliqué que para los humanos, si un viaje así pudiera ser peligroso, la amenaza principal no vendría de depredadores exteriores como la trucha, sino mas bien de sus semejantes. Y cuando por fin llegaban felizmente a destino, despues de haber escapado a barqueros que les robaban, a verdugos, a esclavagistas, a violadores y a los naufragios, se encontrarían frente a otros enemigos, quizas menos brutales, que se llamaban xenofobia, indiferencia y racismo.

 

Decidimos marcharnos sin mas tardar, llevados por la corriente ligera del rio, ya que un dique retenia las aguas más allá. Dicha presa daba a la gente electricidad y un lago donde se podia navegar y chapotear. Asi pues, el viaje sería lento y por lo tanto largo. Nada nos garantizaba que allá más abajo del rio, la limpieza del agua y que nuestras condiciones de vida serían mejores. Pero, como no podíamos escoger, salimos el dia y a la hora prevista.

 

La corriente del rio se mostraba perezosa y el viaje se volvió dificil : las abundantes algas convertían las aguas opacas. La atmósfera sofocante y la búsqueda de alimento era casi imposible. Las truchas trataron varias veces en convertirme en comida gastronómica para salmonides y hubo compañeras perdidas tragadas sin darse cuenta de lo que les ocurría. Las orillas estaban cubiertas de residuos de todo tipo que señalaban la presencia de festivaleros alegres que se habían convertido en tristes distribuidores de basura.

 

De repente y sin aviso previo, enormes cantidades de agua nos englutió a una velocidad increible. Era una ola inmensa que arrastraba arboles derribados, sacaba sin piedad las algas que se agazapaban en el fondo del rio y los residuos dejados sobre las playas de piedras, limpiaban las rocas casi hasta lijarlas, bastante como para devolverles sus colores primitivos.

 

Me dejé llevar por el corriente. Me di un golpe en la cabeza contra una rama que flotaba junto a mí. Bajé varias cascadas, incluso una que me pareció como lo que mi memoria humana habia retenido de las del Rin o del Niágara. En realidad no era mas que la pequeña presa del lago de Perolles, cerca de la ciudad de Friburgo.

Despues, fué el vacio absoluto…

 

Aún hoy me avergüenzo al evocar este momento: había vuelto a ser Adalbert, tal como la naturaleza me había entregado al mundo hacía cuarenta años, es decir  totalmente en pelotas. Estaba cubierto de hematomas, acostado a la orilla del rio Sarine, cerca del « pont du Milieu » en la parte vieja de Friburgo. Balbuceaba palabras extrañas, frases sin sentido a los paseantes, a la policia y a los socorristas que me rodeaban.

 

Y es que aquel dia de septiembre de 2016, el productor de electricidad que administra la presa de Rossens y que permite al lago de Gruyères a existir, decidió abrir casi por completo las compuertas de la presa y provocar asi una crecida importante destinada a limpiar y a revitalizar el cauce del rio Sarine.

 

Seria incapaz explicar como me encontré sobre la orilla de la Sarine, en la ciudad, en cueros y hablando a tropezones, abandonado a la amable atención de los socorristas.

 

Mis únicos recuerdos humanos me dejaban la vaga imagen del rio, de mi caña de pescar y de una botella de vino tinto casi vacia.

 

Pasé unos pocos dias en el hospital y encontré de nuevo mi vivienda en este pequeño edificio en las afueras de la ciudad. Pero mi vida había cambiado.

 

Acepté un trabajo de ayudante en el jardin botánico de la ciudad de Friburgo mientras que antes, me hubiera negado a cualquier empleo que no correspondíese a mi formación de contable. Ahora, clasifico mi basura, empleo el transporte publico, ya no pesco y me conformo con pasearme, observar, admirar… Verifico tambien cada una de mis compras asegurándome que se han producido de manera ecológica. Lo hago con particular atención, no solo en relación con el medio ambiente, sino tambien con las condiciones de trabajo de la gente que las produce. Me hé hecho amigos en el trabajo y entre los vecinos, sin que me importe su nacionalidad ni sus opiniones. Acojo en mi casa a una familia de refugiados sirios.

 

Finalmente debo reconocer que nada echo en falta de mi tierna vida pasada.

 

Incluso me reconcilié con mi nombre, que en definitiva no me parecía anticuado, sin duda tambien porque en francés rimaba con verde. Francamente, sigo la actualidad mundial tan desesperante como siempre y me gusta la vida: la encuentro preciosa y de este sentimiento saco la fuerza de hacer lo que puedo para que un dia la felicidad sea acesible al máximo de seres humanos, en una naturaleza que habremos sabido preservar.

 

Me atrevo ahora a contar mi historia sin miedo de que me tomen por loco. Mis amigos se rien mucho y me felicitan por mi imaginación y por haber inventado esta historia de tricópteros. Casi todos añaden que este accidente debería tambien disuadirme de beber tanto vino tinto, aunque sea del bueno, pero le reconocen  un mérito: haber estimulado mi imaginación y mi sociabilidad.

 

Sonrio, apruebo y me rio con ellos a veces. Pero en mi interior, mis recuerdos de tricóptero persisten y me dejan una duda, una gran pregunta:

 

¿Y si todo ello fuese verdad ?

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